Asedio de 1638 y el voto a la Virgen de Guadalupe

Durante muchos siglos la desembocadura del rio Bidasoa ha ejercido de frontera entre diferentes reinos, y es por ello que Hondarribia ya estaba amurallada en pleno siglo XIII. La plaza estuvo sometida a multitud de sitios y ocupaciones, sobre todo desde la política de enfrentamiento de los Reyes Católicos y posteriormente los Austrias con el Reino de  Francia.

Entre los muchos asedios sufridos por Hondarribia, el más famoso es el de 1638. Reinaba entonces Felipe IV en España, aunque era su valido el Conde Duque de Olivares quien gobernaba en su nombre. En el Reino de Francia por su parte reinaba Luis XIII y tenía como primer ministro al famoso Cardenal Richelieu.

A comienzos del siglo XVII. Europa estaba sumida en la Guerra de los Treinta años, y Francia, aunque era un país católico, rivalizaba con el Sacro Imperio Romano Germánico y el Reino de España, y por ello en 1635 entró en la guerra en el bando protestante. El cardenal Richelieu, veía con preocupación el hecho de que tantos territorios de los Habsburgo (El Sacro Imperio Romano Germánico, España, Flandes, Borgoña, etc.) rodeasen al Reino de Francia y vio en este conflicto originariamente religioso, la oportunidad de reducir el poder de los Habsburgo.

En 1636 los soldados del Virrey de Navarra cruzaron el Bidasoa y tomaron Hendaia, Sokoa, Urruña, Ziburu y Donibane Lohitzun. Si bien algunos escritos de la época hablan de una toma pacífica de estas localidades, un manuscrito sobre Donibane Lohitzun atribuido al P. Larreguy, al referirse a la invasión de 1636 proporciona la “lista de casas quemadas en el lugar de Ciboure, número de bordas, caseríos y huertos arruinados, navíos arrebatados en Socoa de vuelta de Terranova, molinos destruidos, etc.”. Dos años más tarde, las tropas de Luis XIII cruzaran el Bidasoa para tratar de hacerse con Hondarribia.

 

El 1 de julio de 1638, mientras se celebraba una corrida de toros en la Plaza de Armas, los hondarribitarras vieron aparecer un gran ejército por las montañas de Hendaia. Curiosamente, los que estaban presenciando la corrida no dieron mayor importancia a la aparición de aquella gran hueste que comandaba el Príncipe de Condé, compuesta por 25.000 soldados de infantería, 2.000 jinetes y numerosas piezas de artillería.

Cuando el coronel de la provincia, D. Diego de Isasi tuvo conocimiento de que un ejército francés había cruzado el Bidasoa por ocho puntos distintos, fue al encuentro de este con 2.000 hombres de las milicias forales de Gipuzkoa.

 

“Observado Isasi que la caballería avanzaba para apoderarse de los vados, corrió con su compañía guipuzcoana a disputarles el paso; y aun cuando esto no era posible a tan escasos combatientes por la distancia que los separa, necesitándose para ello un ejército entero, (…) hizo Isasi prodigios de valor, según anteriormente queda anotado, se retiro a Hernani teniendo siempre a respeto cinco cuerpos numerosos de tropas a caballo, hasta que paso el Urumea, a pesar de verse sin cesar ametrallados por la artilleria”

Bizarría guipuzcoana y Sitio de Fuenterrabía, 1474-1521-1635-1638: apuntaciones históricas / de Antonio Bernal de O’Reilly

 

Ese mismo día los franceses tomaron Irun, al siguiente Oiartzun, Lezo y Errenteria y al otro el puerto de Pasaia. Acto seguido se dirigieron a Donostia pero al ver que sus habitantes cortaban los puentes y se preparaban tras las murallas, desistieron. El príncipe de Condé fortifico fuertemente Pasaia y centro su mirada en la toma de Hondarribia.

En vista de la situación, Juana Mugarrieta y Catalina Labandibar subieron a la ermita del monte Olearso y bajaron la figura de la Virgen de Guadalupe a la Parroquia. Allí, ante la imagen de la Virgen de Guadalupe, el pueblo entero hizo el voto de que si se salía con la victoria, guardarían siempre fiesta aquel día y lo consagrarían al culto de Nuestra Señora de Guadalupe, estableciendo la víspera ayuno, y que una vez libres del enemigo, volverían la imagen a su Santuario en solemne procesión.

Dentro de las murallas tan solo había 500 soldados del Rey (la guarnición del castillo) y 200 vecinos capaces de tomar las armas. El capitán y los diez soldados que se encargaban de custodiar el Casillo de San Telmo (el Castillo de los Piratas) sito en el cabo de Higer, también se encontraban dentro de la ciudad, tras haberse arrojado al agua y haber llegado a nado a las murallas, tras ver que 3.000 soldados franceses disponían a atacarles. Y en el último momento lograron entrar 50 hombres de Tolosa y 22 de Azpeitia.

En ausencia del gobernador de la plaza (D. Cristóbal Mexia) el Capitán Domingo Egia, natural de Deusto (Bizkaia) se hizo cargo del mando del ejército, mientras que al frente de los paisanos armados se encontraba el alcalde de Hondarribia, D. Diego de Butrón. Egia coloco a los hombres bajo su mando en los baluartes de la Reina, de Santiago y de Leyva, en la Puerta de Santa Maria y en el cubo de la Magdalena. Los hondarribitarras con su alcalde al frente, se apostataron en la parte de las murallas que estaba destruida (la parte que mira a Hendaia), lugar en el que se había colocado una empalizada. Los de Tolosa y Azpeitia por su parte, se colocaron en el baluarte de San Felipe.

 

“En la estacada que miraba a Francia coloco un esforzado escuadrón de gente de Fuenterrabía, al mando del alcalde de la ciudad, en capitán D. Diego Butrón; honor insigne, que por antiguo privilegio correspondía a los naturales la defensa del punto más débil y de mayor peligro, en atención a su experimentado valor, y acreditado heroísmo.”

Bizarría guipuzcoana y Sitio de Fuenterrabía, 1474-1521-1635-1638: apuntaciones históricas / de Antonio Bernal de O’Reilly

 

 

Las mujeres y niños ayudaban a los hombres llenando de tierra y piedras cestos, sacos y barricas que se fueron colocando en las murallas y en la puerta de Santa Maria. No obstante, unas 100 mujeres de Hondarribia, vestidas de hombre y armadas con lanzas y arcabuces, se presentaron ante Domingo de Egia para solicitarle un puesto en las murallas. Si bien este las felicito por su valentía y por dar ánimos a los hombres, decidió no exponer sus vidas al enemigo.

El príncipe de Condé por su parte, coloco la artillería en abanico, en las alturas que dominaban la plaza (junto a las Ermitas de Santa Engrazia y Saindua entre otros lugares.). Asimismo, estableció una línea militar desde Irun al Santuario de Guadalupe para evitar cualquier auxilio a los sitiados. En la playa de Ondarraitz (Hendaia) se colocaron cañones, mientras que la flota del Arzobispo de Burdeos, compuesta por 12 navíos, bloqueaba la plaza por mar.

Mientras la artillería destruía las murallas y las casas, la infantería francesa trataba de alcanzar las murallas mediante trincheras. Un pequeño destacamento de Hondarribia tuvo éxito varias veces en detener a los soldados que cavaban las trincheras, llegando incluso a matar al ingeniero que dirigía los trabajos.

El ánimo de los sitiados aumento aun más al ver que el hondarribitarra Miguel Ubilla había logrado ir hasta Hernani, donde estaba el cuartel general de la Diputación a Guerra, y volver con el refuerzo de 170 tolosarras y azpeitiarras. También logro llegar a la ciudad desde Valladolid el hondarribitarra Martin Justiz, el cual fue nombrado Teniente de Alcalde en recompensa por abandonar sus negocios y volver a la ciudad en pleno sitio.

A los 13 días del sitio, y burlando el bloqueo del Arzobispo de Burdeos, llego en plena noche el nuevo gobernador Miguel Pérez de Egea junto con 150 irlandeses, veteranos del tercio de los irlandeses. Los franceses, heridos en su orgullo porque Pérez de Egea lograse burlar el bloqueo, sometieron a la ciudad de Hondarribia a un bombardeo incesante. A finales de julio, las tropas francesas ya se encontraban a los pies de las murallas y en cuanto lograsen escavar galerías y colocar minas subterráneas dejarían a la ciudad sin murallas tras las que protegerse.

 

Entretanto el fuego continuaba cada vez más terrible contra Fuenterrabía, y sitiadores y sitiados trabajaban sin descanso en minas y contraminas; ya levantando la tierra con la pala, ya achicando el agua, que brotando en abundancia de infinitos manantiales, en mayor cantidad les invadía.”

Bizarría guipuzcoana y Sitio de Fuenterrabía, 1474-1521-1635-1638: apuntaciones históricas / de Antonio Bernal de O’Reilly

 

Desde las murallas se disparaba con arcabuces, mientras las mujeres y los niños arrojaban piedras, cestos llenos tierra y agua hirviendo. Finalmente, los franceses lograron abrir brechas en la muralla mediante minas, lanzándose al asalto para penetrar en la ciudad. Hubo combates que duraron seis horas, llegándose al cuerpo a cuerpo. En uno de esos combates, junto al baluarte de Leyva el Gobernador Pérez de Egea es herido de muerte, por lo que el Capitán Egia volverá a ejercer las funciones de Gobernador.

El Príncipe de Condé, viendo que el enemigo no podría resistir mucho más y que no podían ser auxiliados, decidió enviar una carta a los sitiados. Estos vendaron los ojos al emisario francés y lo condujeron ante las autoridades de la plaza. En su carta el Príncipe de Condé decía que estaba en disposición de volar la muralla mediante minas, para después dar el asalto definitivo a Hondarribia, pero que les daba la oportunidad de entregar la villa.

Mientras los de Hondarribia redactaban la respuesta a la carta del francés, y a pesar de la escasez de alimentos que vivían dentro de las murallas, dispusieron un grandioso banquete para su emisario, y así tuviese la sensación de que en la plaza no faltaba de nada. El emisario salió con los ojos vendados y con una respuesta para el Príncipe de Condé: la villa solo sería entregada cuando el último de sus defensores cayera.

 

El 15 de agosto, festividad de la Asunción, no hubo actividad alguna por parte de sitiadores y sitiados. Los soldados y vecinos de Hondarribia se consagraron al culto de la Asunción de la Virgen y ante la imagen de la Virgen de Guadalupe imploraron por su intervención.

Disgustado por la negativa de los sitiados a rendirse, el Príncipe de Condé ordeno prender fuego a la mina colocada bajo el baluarte de la Reina, logrando abrir una gran brecha en ella. Los franceses intentaron entrar por ella pero fueron rechazados por los defensores de la villa. Los franceses tenían noticias de que finalmente un gran ejército se estaba preparando para liberar Hondarribia, por lo que intensificaron la guerra de minas y enviaron un nuevo emisario a las puertas de la plaza.

La carta enviada por el Príncipe de Condé creó disensión entre los que aun quedaban con vida para defender la plaza. Y con el enemigo en las brechas, con un número reducido de defensores por las muchas muertes y la falta de munición, no les faltaba razón a aquellos que no les disgustaba la idea de rendir la plaza al francés. El alcalde Diego de Butrón sofoco estas ideas bajo la amenaza de que él mismo apuñalaría a quien hablase de rendir la plaza. Asimismo, dispuso que su fortuna personal de dieciocho mil pesos de plata se fundiera para hacer balas.

Los últimos días de asedio fueron terribles para los que quedaban dentro de las maltrechas murallas. A pesar de que los franceses ahora se veían obligados a combatir a los ejércitos que venían a socorrer Hondarribia, no cejaron en su empeño de intentar tomar la plaza. El 30 de agosto el Príncipe de Condé envió un nuevo emisario a la plaza, exigiendo su rendición bajo amenaza de volar las murallas y diciéndoles que no esperasen socorro alguno, ya que las tropas que venían en auxilio eran muy inferiores a las francesas. Ante la negativa de los sitiados, los franceses pasaron los siguientes dos días preparando minas y organizando el asalto final a la plaza. Los pocos defensores que quedaban por su parte, se turnaban en las murallas, y hasta los niños se veían obligados a empuñar mosquetes o escopetas. Las mujeres, exponiéndose al peligro, se encargaban de enterrar a los muchos muertos, retirar y atender a los heridos y acarreaban del almacén picas, pólvora y armas a los pocos que aun combatían desde las murallas.

El 7 de septiembre, los extenuados defensores que aun quedaban en la plaza, por fin avistaron a lo lejos, en las laderas del monte Jaizkibel, la ayuda por la que tanto habían rezado. No obstante, el ejército francés que se había reforzado, seguía siendo superior. Los Hondarribitarras fueron de nuevo a la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción y del Manzano para suplicar a la Virgen de Guadalupe que sus salvadores tuviesen éxito en el levantamiento del sitio.

En Hernani se había reunido un ejército (milicias forales) de 3.000 guipuzcoanos, 500 alaveses y un regimiento de Bizkaia. A estos se unieron las tropas del Marqués de los Vélez que sumaban 4.500 soldados y 500 voluntarios; el Marqués de Torrescusa, con navarros y napolitanos; y el Marques de Montara con castellanos e irlandeses. Como jefe supremo nombrado por el mismo Rey, el Almirante de Castilla, Alfonso Enríquez de Cabrera.

Fue tal el ímpetu del ejército de salvación, que aun siendo inferiores en número, lograron hacer retroceder a los franceses, los cuales empezaron a huir de forma desordenada intentado cruzar el rio Bidasoa disputándose las pocas embarcaciones disponibles o a nado, muriendo muchos de estos últimos ahogados. El Príncipe de Conde embarco junto a sus principales jefes hacia Sokoa, y el Arzobispo de Burdeos hizo lo propio, abandonando la bahía de Txingudi.

El Almirante Enríquez y el marques de los Vélez entraron a caballo en Hondarribia por una de las brechas abiertas en la muralla. Entre el clamor y los vivas de los que habían sobrevivido al sitio, se dirigieron a la Parroquia donde se canto un Te Deum.

 

Tras la liberación de la villa de Hondarribia, llegaron felicitaciones y honores para los defensores de la plaza, provenientes (entre otros muchos) de la Diputación de Gipuzkoa, del Conde-Duque de Olivares y del propio rey Felipe IV que concedió el título de “Muy leal y Muy Valerosa Ciudad”.

A pesar de que el sitio ya había concluido, por miedo a un nuevo ataque francés y porque el Santuario no tenia techo, la imagen de la Virgen no pudo volver a ser subida a su lugar hasta el 4 de abril de 1639.

Hasta entonces, Hondarribia celebraba la festividad de Nuestra Señora de Guadalupe cada 25 de marzo, pero al atribuírsele su intercesión en la liberación de la plaza en el asedio de 1638, la festividad fue trasladada al 8 de septiembre. Asimismo, el Ayuntamiento acordó en 1639 que el Alarde o desfile de armas que se debía organizar anualmente, se celebrase el 8 de septiembre, junto con el voto a la Virgen de Guadalupe. Se acordó que el desfile o muestra de armas acompañase a la procesión de la Virgen de Guadalupe. Tras efectuar la revista correspondiente, la milicia completa acudía a la iglesia para acompañar al resto del pueblo en la procesión y Misa, y cumplir de esta forma el Voto efectuado en 1638.